El debate está abierto. Los despachos empiezan a preguntarse qué va a pasar con sus profesionales júnior. Hace una semana participé como ponente en una mesa en el Colegio de Abogados de Barcelona sobre esta cuestión. Y llevo meses escribiendo sobre ello: sobre el fin silencioso de la pirámide, sobre los NewMods que prescinden de la base de juniors, sobre la necesidad de reformular radicalmente la formación.
El sector lo ve. Pero una cosa es diagnosticar el problema y otra muy distinta es resolverlo. Y ahí seguimos lejos.
En las últimas semanas, tres señales de fuera de nuestras fronteras han añadido urgencia a este debate.
Tres señales que leer juntas
En enero, Ethan Forrest, responsable de Product Legal de Anthropic, dijo a estudiantes de Stanford que las facultades de derecho están haciendo “un trabajo terrible” preparando abogados. Su argumento es que la IA ya realiza la mayoría de tareas asignadas a asociados de primer y segundo año mejor que ellos. El equipo jurídico de Anthropic ahorra una hora por abogado al día automatizando tareas que antes se delegaban a los más jóvenes. “Todo el trabajo que los asociados de primero y segundo año hacen en los despachos, donde un abogado sénior les dirige para dar inputs estructurados… eso ya es trabajo de una máquina”.
Desde Londres, un informe de LexisNexis con casi 900 abogados británicos completa el cuadro: el 58% dice que la IA les permite producir trabajo más rápido, pero el 72% identifica el razonamiento jurídico profundo como la mayor carencia entre los abogados júnior. Y el 69% señala debilidades en la verificación y contraste de fuentes.
Y en sentido opuesto, Ropes & Gray, uno de los diez mayores despachos del mundo, ha lanzado un programa que exige a sus asociados júnior dedicar el 20% de sus horas facturables a experimentar con IA. No como formación voluntaria, sino como trabajo real facturable.
El circuito roto
Cualquiera que haya trabajado en un despacho sabe cómo se forma un abogado joven. El júnior redacta un contrato, prepara un informe, revisa cláusulas. El socio o el asociado sénior lo devuelve lleno de rayones rojos. Y el júnior aprende: aprende por qué esa cláusula no funciona, por qué ese argumento es débil, por qué ese enfoque no se sostiene. Es un modelo de aprendizaje por corrección directa, imperfecto pero eficaz, que ha producido generaciones de buenos profesionales.
La IA no ha eliminado la supervisión. Los socios siguen corrigiendo, siguen devolviendo trabajo con anotaciones. Lo que ha cambiado es a quién corrigen. Cada vez más, el socio revisa y corrige lo que produce la máquina, no lo que produce el júnior. Y eso rompe el circuito de aprendizaje.
La productividad sube pero la formación de criterio desaparece.
¿Qué les enseñamos?
Como escribí en noviembre, si dejamos de incorporar juniors, ¿de dónde saldrán los abogados senior dentro de diez o quince años? La pirámide se está agrietando. Pero el problema no se resuelve manteniendo la pirámide tal como estaba, sino rediseñando qué y cómo enseñamos.
Y eso pasa por asumir que la formación del futuro abogado ya no puede ser exclusivamente jurídica.
El abogado joven necesita saber usar la IA como herramienta de trabajo habitual. Dominio real, cotidiano, integrado en su práctica desde el primer día. Necesita entender los procesos de negocio que se ejecutan con IA y también los que seguirán siendo tradicionales, porque ambos van a convivir durante años. Necesita desarrollar creatividad, la capacidad de hacer preguntas que la máquina no se hace, de buscar ángulos que un modelo de lenguaje no genera, de proponer soluciones que no están en los datos de entrenamiento. Y necesita formación en ética profesional y en identificación de sesgos.
Todo esto con una realidad regulatoria: Europa está a seis meses de la plena aplicación del AI Act. Los despachos necesitarán profesionales que se muevan con soltura en el terreno donde derecho, tecnología y negocio se cruzan. Y esos profesionales no se forman solos.
Por eso, devolver al júnior al circuito es urgente. Si la IA genera el primer borrador, el socio debe corregir ese borrador con el júnior, no en lugar del júnior. El momento de la corrección sigue siendo el momento formativo más valioso de la profesión. Lo que no puede pasar es que ese momento se pierda porque resulta más rápido corregir directamente a la máquina y seguir adelante.
Lo que está en juego
Los despachos están ganando eficiencia. Reducen tiempos, optimizan costes, entregan más rápido.
Pero pocos están midiendo el impacto de esa eficiencia sobre su propia cantera, sobre la capacidad del sector de regenerarse con profesionales que no solo sepan usar herramientas, sino que tengan criterio para saber cuándo no usarlas.
La eficiencia sin formación es un atajo que se paga caro. Y cuando un sector entero deja de formar a sus relevos, el problema ya no es tecnológico. Es existencial.
