Durante décadas, el sector jurídico ha operado sobre una premisa muy clara: el conocimiento es escaso y el tiempo del abogado es caro. Sobre esa base se ha construido todo: la facturación por horas, la estructura piramidal de los equipos, el sistema de formación y, en última instancia, el valor que el cliente está dispuesto a pagar.
La inteligencia artificial rompe esa premisa.
No porque haga el trabajo algo más rápido, sino porque lo hace en segundos y, en muchos casos, con un nivel de calidad comparable o incluso superior. Pero el cambio verdaderamente relevante no está dentro de los despachos, sino fuera de ellos. Los clientes ya están utilizando inteligencia artificial para redactar, analizar, resolver dudas jurídicas o explorar estrategias. No están sustituyendo completamente al despacho, pero sí están reduciendo de forma significativa su necesidad.
Este desplazamiento empieza a reflejarse en informes como el Future of Professionals Report de Thomson Reuters, que apunta a una adopción creciente de IA en funciones jurídicas internas.
Esto introduce una tensión que el sector todavía no ha abordado de forma directa. Si el tiempo deja de ser escaso, ¿qué estás vendiendo exactamente?
La conversación sigue centrada en la adopción: herramientas, copilotos, agentes, formación. Pero el problema no es tecnológico, es económico. El modelo del billable hour, aunque se maquille, sigue siendo el mecanismo real de captura de valor en la mayoría de despachos, y ese modelo depende de que el trabajo requiera tiempo. Cuando esa condición desaparece, el precio deja de tener una lógica clara para el cliente. Y el cliente lo sabe.
En este punto, muchos despachos confían en que su experiencia y su conocimiento acumulado seguirán siendo el elemento diferencial. Es comprensible, pero es una visión de corto recorrido. Ese conocimiento, progresivamente, se está incorporando a sistemas de inteligencia artificial que lo hacen accesible, replicable y, en muchos casos, más eficiente en su aplicación.
El verdadero reto no es proteger ese conocimiento, sino entender que dejará de ser una barrera de entrada.
Por eso, el debate no debería centrarse únicamente en cómo adaptarse, sino en algo mucho más ambicioso: cómo será el sector jurídico en una economía profundamente transformada por la inteligencia artificial y qué papel quiere jugar cada despacho en ese nuevo escenario.
Si ampliamos el foco a 20 o 30 años, el cambio es aún más profundo. Estamos avanzando hacia un entorno donde buena parte del trabajo jurídico operativo estará automatizado, donde los sistemas de resolución de conflictos tenderán a ser cada vez más rápidos y estandarizados, donde las negociaciones podrán estar mediadas, o incluso ejecutadas, por agentes de inteligencia artificial, y donde el conocimiento jurídico estará ampliamente distribuido.
En ese contexto, el valor no estará en ejecutar tareas jurídicas, sino en diseñar marcos, interpretar escenarios complejos, anticipar riesgos y participar en la construcción de ese nuevo orden económico y regulatorio.
Ese será el rol del sector y va más allá de la eficiencia.
Los despachos pueden limitarse a adaptarse a este cambio o pueden aspirar a algo más relevante: ser actores que contribuyan a definir cómo se organiza ese nuevo mundo. Porque alguien tendrá que hacerlo. Y el derecho, como siempre, estará en el centro de esa construcción.
Esto implica un cambio de mentalidad importante. Ya no se trata solo de mejorar procesos o incorporar tecnología, sino de repensar el propósito del despacho en una economía donde la inteligencia artificial redefine las reglas del juego.
Como plantea Xavier Ferràs en sus trabajos sobre innovación, el verdadero reto de las organizaciones no es conceptual, sino sistémico: no basta con tener ideas, hay que convertirlas en estructuras que transformen el modelo de negocio.
En un contexto donde incluso los propios desarrolladores de estas tecnologías están planteando marcos de política industrial para esta nueva era, como recoge OpenAI en su propuesta sobre la “Industrial Policy for the Intelligence Age”, la pregunta ya no es cómo incorporar la inteligencia artificial.
La pregunta es qué tipo de organización quieres ser cuando esa transformación sea completa.
